Sonrisa de salamandra


Apenas dos toques secos y suaves a la puerta, entró y cerró tras de sí con el cuidado de un viejo relojero para no hacer el más mínimo ruido. Estaba envuelta en un vestido azul intenso de motivos amarillos. Se quedó parada allí un momento, inmóvil, sin distraer su mirada hacia mí mientras su dulce sonrisa mejoraba la pobre iluminación del pequeño salón.

Aquella sonrisa de salamandra era capaz de quebrar las más sólidas de las fidelidades… Entonces, sin mediar culpas, entendí:
Esta tarde arderán
viejos deseos, no será para inmaculadas lealtades; más bien, para negar traiciones luego. Es una tarde de perfidias inevitables… tú y yo en esta habitación, solos…

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