Camila


Esta es una historia real y para proteger la identidad de mi amiga le he llamado Camila.

Estudiábamos juntos en la universidad y muchas veces en nuestras horas libres pasábamos los ratos juntos. En esas conversaciones nos divertíamos con gusto hablando de simples tonterías sin insinuaciones pero con recurrentes roces y alguna que otra mirada curiosa, así, como por no dejar; nunca hablábamos abiertamente de sexo ni siquiera nos adentrábamos en temas íntimos, ni de nosotros ni de nadie; además, ella tenía su novio al que traía siempre a colación cuando estábamos en grupo; él se había ido por un año a EEUU para tomar un curso de especialización sobre medicina. No hacía mucho se había graduado de médico, con honores, y ella al repetirlo una y otra vez no dudaba en pavonearse.

Poco a poco se fue consolidando nuestra amistad y hasta compartimos el desarrollo de un proyecto para una materia de estudio. Los proyectos tenían mucho trabajo y había que reunirse con frecuencia por varias horas; resolvimos entonces que fuera yo a su casa, allí trabajaríamos más cómodos. Así lo hicimos, en su casa pasábamos horas adelantando las tareas, por supuesto no faltaban las interrupciones y las conversaciones fuera del tema, además de los juegos de manos que a ella tanto le gustaba practicar. Esos juegos se hacían cada vez más frecuentes y en la misma medida subían de intensidad. Me pellizcaba o golpeaba como respuesta a cualquier burla o chanza mía; nos empujábamos con los cuerpos, sin hacernos daño, nos tomábamos fuertemente de los brazos y de las manos hasta que yo la dominaba y le pedía que se detuviera ya. La verdad nunca me he sido muy dado a ese tipo de trato pero poco a poco fui quedando atrapado en sus juegos de lucha y represalias.

Ella vivía sola con su madre porque hacía ya varios años sus padres se habían separado. Su madre era aún atractiva y una persona muy activa, sabía vestir con elegancia casual. A su padre nunca lo conocí pero era un empresario con buena posición económica con varios negocios en EEUU.

Solíamos reunirnos  en su habitación. Un día, sentados en su cama después de más de una hora de trabajo nos evadimos y comenzamos a conversar libremente sobre temas banales; yo tenía desde siempre curiosidad por saber acerca de su experiencia sexual, traté al principio de abordar el tema con sigilo pero ella me evitaba respondiendo invariablemente con un pellizco en alguno de mis costados, en el brazo o en la pierna más cercana. Llegué luego a ser más directo con preguntas quizás impertinentes, entre otras cosas le pregunté si era virgen, más que porque lo dudara era por ver y disfrutar su reacción, pero para todas mis preguntas, ella respondía con pellizcos o puñetazos cada vez con más fuerza a la vez que mordía sus labios, así se escapaba del acoso de mi cuestionario. Yo seguía insistiendo y ella aumentando sus maniobras, ya lo hacía con tanta  violencia que tuve que tomarla por los brazos para controlarla; al sentirse atrapada arrojó en mi cara  un trozo de caramelo que chupaba y comenzó su intento repetido por morderme en los brazos; forcejeamos hasta que la empujé contra la cama, ella procuraba soltarse mientras se reía, parecía divertirse más que yo. Así terminé casi montado sobre ella luchando mi cuerpo contra el suyo en una batalla de una guerra no declarada. En un momento mi mano fue a dar a la cima de uno de sus senos tropezando con el pezón visiblemente endurecido delatado por la suave tela de la blusa de algodón; nos detuvimos en el acto y nos miramos con sorpresa en medio de un silencio abrupto que había enmudecido el sonido de las risas para dejar escuchar solo el resuello mutuo y sincronizado del que no habíamos sido consciente; parecía como si el tiempo se hubiera detenido un instante para al fin contemplarnos por primera vez; fue como si nos percatáramos de la naturaleza urgente de nuestros cuerpos. Entonces, fui liberándola despacio con la cautela de una cazador; a riesgo comencé a circundar con mis dedos aquel trocito de carne oculto debajo de su blusa; ella permanecía inmóvil con la mirada congelada sin hacer ningún movimiento opuesto a mi aventura, mientras, una sensación de vértigo provocado por el agite anterior pasaba a una suerte de miedo que me hacía dudar y temer la posible reacción; sin embargo, mirando sus labios llevé los míos a los de ella, sentí como su boca se abría amablemente, y, poco a poco, hundí mi lengua en la tregua húmeda y tibia de su aliento todavía con sabor a caramelo de fresa… Fue un beso delicado, casi romántico, prolongado por un momento largo que hizo cómplices a todos nuestros sentidos…

Lugh Landrus

Licencia de Creative Commons

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