Esta habitación…


Esta habitación, nuestra por un rato, sirve de improviso para juntar deseos de fieras bien domadas. En el fondo se refugian nuestros miedos; allí están, y al correr las horas han quedado rezagados en una tarde simple de un encuentro inesperado.

Pronto tu piel desnuda se adueña de las sábanas blancas, y la luz de un rayo de ventana se cuela entre las sombras para cortar con filo iluminado tu costado en sendas porciones de esplendor. Al norte un seno atrevido y relajado, cómplice del juego, ha quedado al descubierto. Al sur tus glúteos bien formados en dos terrazas de piernas, una recogida y otra estirada, esconden tu carnada en una escena sin pudor. Y en tu cara, una sonrisa ligera de labios recién pintados me transporta a glorias ya olvidadas; mientras, se desata por mis venas un torrente de rubí que va llenando para ti la promesa de un alfil que quiere ahogarse hasta morir. Toda tú, abandonada a mis designios, arrojas en silencio una mirada de espera y a la vez una señal inquisidora.

Uhmm!  Y por si no entendiera tu llamado, tu mano ágil y amorosa se pierde en rutas conocidas dejando entrever un “ritornelo” de caricias ocultas que me invitan, quizás, a que siga tu proyecto con la misma fiel destreza con que atizas tus adentros.

Comenzaré siendo el hombre que deseas para ser luego todos los hombres que necesitaras en un instante.

Lugh Landrus

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