A escondidas


I

Tenía que dar yo con la casa de la veleta en el techo. No conocía bien el lugar y me había adentrado en una zona sub-urbana atravesada por una carretera poco transitada y casas bastante separadas una de otra; así que, no me quedó otra que llamar a la amiga que esperaba mí visita.

Eran cerca de las 6 de la tarde cuando logré llegar con su ayuda. La casa, sencilla, flanqueada por dos pequeños engramados, bañada por varias buganvillas de diversos colores, estaba anclada al pie de una montaña; parecía más bien una especie de refugio, «un retiro dorado», tan acogedora que cualquiera podría ser feliz allí incluso en absoluta soledad.

Al llegar, mi amiga aguardaba de pie en el umbral de la puerta principal, se acercó y nos saludamos con besos amistosos. Acercarme a su mejilla me hizo consciente de la proximidad a sus labios tantas veces acariciados en los desvaríos de mi imaginación. Pocas veces había estado tan cerca como para percibir el aroma disperso de su perfume; una mezcla de su olor propio fundido con destellos de fragancias casi místicas, un aire tan dulce y cautivante que alentaron de inmediato la sedición en mis instintos de varón.

Pronto se abrió una distancia entre los dos y se coló una brisa fría que me rescató hacia la realidad. Rápidamente me sentí cómodo al encontrarme de frente con sus ojos negros y su sonrisa fácil. Su mirada busco mis manos y preguntó:

— ¿Qué traes ahí? —Puso cara de sorprendida.

Levanté la botella de ron que traía en una de mis manos y se la mostré y antes de que la tomara le entregué una caja de dulces de milhojas que cargaba en la otra, ya sabía yo que le encantaban. Enseguida se interesó por los dulces. Abrió la caja con una curiosidad infantil y exclamó graciosamente:

¡Que rico!

Luego alargó su brazo y me tocó a un costado para que la siguiera. Lo hice sin detenerme hasta que llegamos al recibidor. Colocó la caja de los dulces sobre una mesita, me pidió la botella y la colocó junto a la caja. Me miró y haciendo un ademán con brazo señaló hacia el sofá:

Ponte cómodo —dijo.

Cuando llegué al sofá sonrío como aprobando mi buen comportamiento. Preguntó si quería beber algo. Le pedí agua y ofreció refrescos y cerveza. Preferí refresco. De inmediato se volteó y siguió hacia la cocina.

Mientras se alejaba la seguí con la mirada, ya me había llamado la atención su vestido, blanco con motivos verdes y anaranjados, era de una tela ligera ajustado a su cuerpo, se amoldaba perfectamente a la periferia curvilínea de su figura. Me dije a mí mismo: «si buscaba mi atención, lo había logrado»

Me quité la chaqueta y la aventé hacia a un mueble contiguo. Eché un vistazo rápido a todo aquel lugar. Era un interior sin mayores pretensiones con una sala amplia y bastante despejada. A un lado del largo sofá estaba la poltrona donde acababa de caer mi chaqueta; más allá se hallaba otra, idéntica, pero estaba bastante retirada, descolocada y pegada a una pared. Luego más allá, un juego de comedor con dos preciosas vitrinas de estilo a los lados. Y al fondo, un pasillo que seguramente llevaba a las habitaciones.

Mientras esperaba recordé nuestras conversaciones en la tienda de café donde coincidíamos algunas mañanas para desayunar. Logramos intimar y abordar temas de nuestras vidas privadas.

En uno de esos encuentros me habló del accidente que tuvo su esposo y de la crisis matrimonial por la que atravesaban. Llegaron a tal punto de dificultad que ella le la pidió el divorcio. Ese día, pelearon una vez más, él comenzó a beber hasta acabar que la bebida que disponía. Luego salió a comprar más y de regreso tuvo el accidente que lo dejó paralítico de la cintura para abajo. Después de aquello ella desistió del divorcio, siguieron en la misma casa pero con vidas independientes. Una enfermera se encargaba de su cuidado. De eso hacía poco más de dos años… Me pregunté dónde estaría él en estos momentos.

II

Regresó con una bandeja que contenía unos platos pequeños, cucharillas y dos vasos de refresco. Repartió los vasos y sirvió dulces para ambos. Después se sentó con cuidado en el otro extremo del sofá, recogió las piernas y las apoyó sobre la orilla al tiempo que dejaba caer sus sandalias.

—Dónde está tu esposo —pregunté. Ella respondió:

—Está en casa de su hermana, hace más de un mes que se fue… —luego de una brevísima pausa, agregó:

—No te preocupes —lo dijo sin pestañear una sola vez, mirándome fijamente a los ojos como si intentara tranquilizarme, o reprimir mi curiosidad. No volvimos a tocar el tema.

III

La noche se había instalado con una oscuridad temprana, quizás para facilitar nuestras confidencias. Teníamos rato dando vueltas sobre temas banales y cotidianos. En tanto que nuestros ojos andaban por su cuenta dejando escapar miradas imprudentes.

Había poca luz en el ambiente. La única lámpara encendida otorgaba intimidad a nuestra conversación. Demasiada intimidad para un encuentro con una mujer tan sensual y encantadora, a solas, en su casa.

En un momento miré hacia la lámpara. Ella lo notó y de inmediato entendió el mensaje. Se levantó con descuido y desenfado dejando ver buena parte de sus muslos y entrepierna, colocó sus pies descalzos en el piso y caminó de inmediato hacia el mueble que daba con la pared donde se hallaban los interruptores. Encendió varias luces pero luego las apagó todas, nos quedamos en total oscuridad…

Ninguna lámpara volvió a encender. Me quedé sin saber qué hacer. No pasó mucho tiempo para que se aclararan mis dudas, con voz pausada me dijo en tono de invitación:

¡Ven, encuéntrame!

Podía adivinar que aquellas palabras habían sido pronunciadas al amparo de su sonrisa generosa incitándome a su juego de niña y mujer. Enseguida sentí una especie de emoción entre gozo y nervios que pareció suspenderme en la nada. Nada se me ocurría. Luego reaccioné levantándome sin tener una idea clara de lo que debía hacer. Una vez de pie, fui directamente al lugar donde calculé estaba la poltrona más distante, supuse que ella tenía intención de que la atrapara muy pronto. Tropecé con el mueble pero ya se había escapado sigilosamente amparada por la total oscuridad con la que inicio el juego.

Comencé entonces a buscarla, a tientas, daba pasos cortos aventando mis dos brazos. Mis gestos casi ridículos parecían como si quisiera abrazar el negro solitario de la noche y solo en ese momento tuve conciencia real del juego: «a la escondida».

Pasaron unos segundos, una búsqueda infructuosa, exploré en varias direcciones sin fortuna. Me detuve para replantear mi estrategia y afiné los oídos, escuché entonces unos pasos de pies descalzos, me apresuré  hacia esa dirección.

Pronto me topé con un cuerpo inmóvil. Aquel destino tibio, mullido e invertebrado, al que fueron a dar mis manos no dejaba dudas: se trataba de un cuerpo de mujer, tenía que ser ella. Por unos instantes mis manos quedaron adosadas a sus formas, seguí descendiendo suavemente por uno de sus costados hasta llegar a sus caderas. Quería conocer la fuente de sus sonrisas: su boca. Ascendí por su cuello hasta llegar a una de sus mejillas. Ella permanecía inmóvil permitiendo la aventura de mis manos y la suerte de mis dedos.

Una vez encontré sus labios, ciego como estaba, comencé a recorrerlos… Bordeaba yo lentamente la más sensual de sus carnes apenas con la yema de mis dedos. Completé varios ciclos alrededor de su boca mientras sentía el resuello caliente sobre mi piel; trataba de memorizar las líneas, el relieve, la textura y hasta la suavidad de aquellos labios entreabiertos. Ya podía hacer un dibujo perfecto y un mapa minucioso para no perderme en el laberinto de su boca, si acaso fuera necesario luego, para encontrar su alma, allí mismo, con mis besos

Bajé mis manos sin despegarlas de su piel hasta toparme con uno de sus senos. Había arribado, por suerte, a un plácido terreno cubierto apenas por la tela fina de su vestido. Dibujaba círculos, remolinos, como quien quiere desatar una tormenta con las fuerzas de los vientos del este y del oeste.

Me acerqué lo más que pude a la antesala de su cuello, quería encontrarme de nuevo con aquel perfume dulce retenido en los diminutos poros, que como cántaros, guardaban los aromas de su piel…

Mi mano, asida a su talle siguió por las caderas, luego sus glúteos; repasaba el contorno de su cuerpo, caía como el agua de cascada. Avancé a sus muslos y comencé a recoger el vestido… pronto descubrí su desnudez: no llevaba nada debajo de aquel vestido.

Ambos inspiramos, tan fuerte, que el resuello quebró el oscuro silencio. Se aferró a mis antebrazos apretándolos con fuerza. Me sostuvo así un instante; de repente, me haló con determinación hasta llegar otra vez al mueble donde antes ella había iniciado aquella travesura.

Bajó para sentarse, y al hacerlo, tomé su cabello con mis manos, poco a poco fui hundiendo mis dedos en la espesura de su pelo y al rozarlo le desprendí un zarcillo. Colocó sus dos manos sobre las mías al tiempo que decía con una voz entre cortada:

No te muevas, se me cayó un zarcillo…

Pensé que era conveniente encender las luces, estiré mi brazo, recordé que la caja de los interruptores estaba en esa pared. De inmediato se iluminó todo el salón. Ella miró a nuestros pies y colocó sus cuatro extremidades en el suelo, pronto encontró la pieza perdida y dijo:

¡Aquí está!

Se quedó un momento así inclinada y aspiró profundamente, como para renovar su aire, cuando levantaba su cuerpo y su cabeza, su rostro cambió, se reveló una expresión de sorpresa, más bien de estupor. Su cara elocuente me obligó a mirar de inmediato a la misma dirección que apuntaban sus ojos…

Allí estaba, medio oculto, detrás de la mesa del comedor, un hombre en silla de ruedas. Estaba espiándonos, a escondidas. Su rostro era de una sorpresa igual o mayor a la nuestra. Ella lo increpó rápidamente como se estuviera defraudada:

¿Qué haces aquí? —hubo una pausa y luego agregó:

Habíamos convenido no saldrías de tu habitación.

Arribó un silencio incómodo. Él no pronunció palabra alguna. Se miraban fijamente. Él seguía petrificado; ella, apenas movía la cabeza en un continuo gesto de negación.

Cuando alcance entender el drama de su acuerdo atravesé la línea que unía sus miradas, fui en sentido del sofá para recoger mi chaqueta y salir de aquel juego. Solo alcancé a decir:

Al parecer Ustedes tienen mucho de qué hablar, será mejor que me vaya.

Me coloqué la chaqueta y salí sin detenerme.


FIN

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