Amaba

Amaba tu cabellera despeinada;
a esos labios ribeteados con restos carmesí;
amaba tus lunares que servían de punto y seguido a mis caricias;
a tus manos, cuando se llenaban de toda mi intención..

Amaba aquel terciopelo perdido entre tus piernas desnudas;
a todos aquellos finales de canto:
a tu voz, escapando desde el mar adentro; y,
amaba siempre, el grito sostenido de tu último temblor.

Tú y el mar

El mar siempre espera
y esa tarde el aguardaba por ti,
según lo acordado.

Pronto la libertad vestida de celeste reflejó tu desnudez.
Y el mar, más allá, ya adivinaba tus deseos.
La arena celosa reprobaba tu aventura
cuando tú belleza sin recato coqueteaba sobre ese viejo madero
.

Estabas decidida esa tarde,
el calor alentaba tus ganas
y el sabio tronco tendido hacía preguntas sin sentido:
¿Cuántas caricias desvanecidas dieron vida a esa piel madura?
¿Cuántos besos guardan aquellos labios gruesos?
¿De cuántos secretos inconfesos son testigos esos ojos claros?
Y ¿Cuántas veces el mar con sus aguas atrevidas han bañado adentro ese cuerpo?

¡Amor, cuánto amor puro entre tú y el mar!

Te miro

Te miro…
Hace rato que te miro, te contemplo sin afán, nada perturba esta osadía, robas mi atención con la risa eterna de un chacal, todo va por cuenta propia, rodando, in crescendo, resistiendo sin poder dejar de ver…

Y yo aquí, aferrado a una silla inútil, solo puedo ser testigo de cómo tu talento de mujer invade este lugar; todos vinieron y se fueron, todos se rindieron y ahora yo también, somos como liebres en la mira de tu artillería sensual…

Me detengo en tus labios pintados de historias; tu boca se abre y parece invitar al goce de una caricia viril.

Tu mirada asoma la verdad de un alma acostumbrada a esperar segura mientras los deseos cabalgan en sigilo sobre un cuerpo casi desnudo… Me pregunto ¿Qué esconderá esa mirada distraída; y esa pose tuya, qué sugiere? ¿Qué fuegos se apagaron en esas brasas de rubí, qué ardió antes y aún quema en silencio y no deja de latir?

Dan ganas de jugar el juego del amor contigo, los dos, únicamente nosotros dos agitando la cama en una tarde larga de domingo. Quedarme allí cerca de ti y despertar del letargos todos tus pecados, insistiendo sin romper la quietud de tus secretos para luego ahogarnos juntos entre el murmullo del tiempo repitiendo el ciclo de sudor una y otra vez hasta último gemido.

Háblame bajito

Háblame bajito que la lluvia es tibia y te ha empezado a empapar.

Háblame bajito con el roce de tu cuerpo avanzando sobre el mío.

Háblame bajito desde tu ventana de coral.

Háblame en susurros como una bella Helena.

Sube por mi pecho con tu fino canto de sirena.

Háblame bajito de un modo que el silencio llegue a mis oídos.

Ven despacio, deja que tu voz se apague en mi garganta.

Háblame bajito con palabras que resbalen en mis labios.

Háblame sin pausas con la más osada melodía.

Danza como barca al ritmo de un furioso río, déjame sin aire.

Mátame de golpes, háblame bajito.

Aquí estaré para besar la flor en tu destino…

Deseos

Hay un camino por delante aún sin recorrer, tú lo sabes…

Esa transparencia, ese semidesnudo de sutil provocación han detenido mi reloj. Después de todo, ya dejamos atrás los juegos simples y vigorosos de juventud, ahora se trata de amarnos con imaginación usando todos los sentidos: tocarnos, mirarnos, olernos y probar los sabores del edén.

Aquí me quedo con estos deseos que se escapan sin poderlos contener. Estos deseos que crecen al azar como flores silvestres en el campo de donde mismo parte un arcoíris hacia ti llevando los colores de todos mis anhelos… Anhelo escuchar tu voz serena. Anhelo aprender a adivinar cada uno de tus gestos, ver de cerca tus miradas zigzagueantes y nerviosas; y más allá, saber a qué hueles cada tarde cuando ya estás de regreso.

Aquí siguen intactos los deseos de tocar toda tu belleza con dedos de plumas movidos por la dulce melodía de una serenata; de explorarte a ciegas sin dejar ningún vacío; de juntarnos por completo en una madrugada; de hundirme en ti hasta los confines mientras tú me abrazas y yo te beso.

Noche de silencio

Ha llegado la oscuridad de siempre;
se llenan de nuevo los callejones con un tenue sereno.
Cala el frío en el boulevard
y la brisa desnuda
vuela como bruja en ira a su encuentro…

Te has ido, demasiado pronto quizás…
hasta la botella vacía resiente tu partida,
solo las huellas de tus labios,
olvidadas en el vaso,
han quedado como testigos perennes;
en el fondo,
el hielo se desvanece poco a poco igual que tu último beso.

Ahora el silencio sirve de guadaña al azar,
ahora el adiós está hecho.

Te espero…

Te espero aquí,
sentado en este largo muelle
mientras la tarde rojiza
y la brisa tibia que aún queda
traen tu recuerdo.

Te espero como lo hago cada tarde,
aunque tal vez no vengas,
te espero igual,
como si lo hubiera prometido.

Igual sigues aquí,
de alguna manera,
en mi piel pintada con tus roces repetidos;
en mis labios que nunca se han secado;
en mis sueños que no han desfallecido.

Te espero aquí,
en tu mar,
en estas mismas aguas en las que nadamos juntos
y donde ahogábamos tantos secretos.

Será duro volver a casa
sin tus manos colgando de mi brazo,
sin tus preguntas simples de siempre,
sin tus silencios esperando por un guiño mío.

Tal vez no vengas
pero te espero…
siempre te espero.

Sueños redentores

Las noches se hacen largas si trato de olvidarte, por eso tus recuerdos siguen aquí en mis sueños aliviadores, por eso te imagino sin el menor sentido.

Te imagino en cada lugar de tu casa, en cada mueble que llena tus habitaciones; te he imagino sentada allí o en tu cama, acostada dormitando o despertando en una mañana de verano entre ropa ligera.

Tu ausencia es tan extraña a la mía, tu soledad tan distinta a la mía, la tuya no es lastimosa, carente del otro; la tuya es otra soledad, esa que te hace libre, libre de todo, dueña de todo. Esa soledad que te hace andar a tus anchas sin pudores, sin nadie de por medio, sin miradas ajenas, sin la mía como lo deseo yo…

Por eso te sueño, para imaginarte libre; por eso estos sueños son tus sueños, sueños redentores.

En el mejor lugar tuyo…

Me enrumbo como fina saeta con un sabido destino.
Recorro los caminos difíciles que me llevan a tu corazón,
y en pleno vuelo, me pregunto:

¿Habrá algún espacio cálido y tranquilo para mí,
un lugar donde pueda hacer cama,
permanecer allí el tiempo de mi suerte
para juntos construir nuevos secretos?

¿Podría yo caminar descalzo y andar desnudo,
deslizarme mientras pueda y,
entre la húmeda corriente de tu sangre pasajera,
refugiarme a ratos en tus escondites preferidos?

¿Y si me acostumbro
a tus espacios vacíos llenos de vida,
a la magia roja encerrada entre paredes olorosas,
a los torrentes transparentes,
a las madrugadas hartas de caricias,
a las noches acabadas en mutuo desvaríos,
a tus cavidades amables,
a tus deseos silentes?

¿Y si, después de todo, quedo aferrado al miedo de un final sin aliento?

El trozo de papel

Terminaba yo de leer el ensayo de Vargas Llosa sobre la novela Madame Bovary, titulado: La orgía perpetua. Esa lectura despertó mi interés por la famosa novela de Flaubert. Recordé que mi esposa es fanática de la literatura europea, muy especialmente de la francesa y la inglesa. A dicho escritor ella lo había mencionado muchas veces por lo que yo no dudaba que la tal obra estuviera en su colección.

Ya era más de medianoche, tenía algo de sueño; no obstante, fui en busca del libro, confiaba en que lo hallaría sin problema. Efectivamente allí estaba. Sacudí el polvo pero al hacerlo abrí sin intención el libro, entonces cayó un pequeño trozo de papel doblado. Recogí el papel, lo leí y luego lo introduje nuevamente entre las páginas. Contenía un número de teléfono, la hora 2 pm y la palabra: Colina…. En ese momento no le presté mayor importancia.

Regresé a mi poltrona favorita y comencé a leer. Una pasada rasante por el prólogo y las notas de la traducción de la novela. El sueño ya me dominaba pero una curiosidad, o corazonada, me llevó otra vez al pequeño papel. En esta ocasión traté de darle un sentido a todo lo escrito. Lucía como una nota para una cita. Un número de teléfono, una hora, y lo que parecía el apellido de alguien. La primera deducción, malsana, que pasó por mi mente es que podía tratarse de una nota que alguien le dio a mi esposa, para encontrarse, tal vez de un amigo, o tal vez de un amante. Pero, me pregunté: « ¿Sería Ányela capaz de tal cosa?»

Durante los siguientes días me rondó obsesivamente la idea de que Ányela había tenido, y quizás mantenía, un amante. Eso podría explicar el origen de nuestra crisis que desde hacía algún tiempo se había enquistado en nuestra relación… Entonces, decidí investigar e ir más lejos.

Esperé pacientemente a que ella entrara al baño a tomar una ducha para yo atreverme a algo que nunca antes necesité hacer: revisar el teléfono de mi esposa. Aguardé hasta comprobar que se oyera el agua de la ducha, tomé el teléfono que encontré en la mesa de noche del lado de ella. Una suerte de  fobia y vergüenza me recorría el cuerpo; sin embargo, la posibilidad de que me descubriera era opacada por el miedo de encontrar algo revelador. Esa mezcla de miedo y escrúpulos entorpecían la afanosa búsqueda de posibles pistas… Después de todo, no encontré nada que pudiera delatarla, el número en cuestión no estaba en su agenda, ningún mensaje que la comprometiera. Sentí alivio pero no fue suficiente para descartar mis sospechas o disipar las dudas de que algo extraño escondía ese papel.

Pasaban los días mientras yo seguía con cuidado todo el comportamiento de mi esposa. Traté de mantenerme sereno y evité a toda costa cualquier enfrentamiento, sobre todo alejé la idea de pedirle explicaciones sobre el sospechoso papel, quería estar preparado para el momento que considerara oportuno confrontarla.

Transcurridas dos semanas, sin nada que pudiera arrojar luces o calmar mis mortificantes dudas, decidí pasar por un centro público de telefonía para hacer una llamada, anónima, a la persona de aquel número; todavía no sabía que podía lograr con escuchar la voz del hombre que se acostaba con mi esposa. Preparé cuidadosamente un guión y varias posibles respuestas. Llegado el momento de hacer la llamada, respiré profundamente y marqué el bendito número… Después de unos momentos comenzó a repicar… Para mí desconcierto salió la voz de una mujer. Esto no estaba en mis cálculos ni lo consideré en el plan bien memorizado. La mujer dijo «Aló», amablemente, pero al no obtener una respuesta inmediata insistió con otro aló, esta vez más enérgico. Traté de recuperarme del imprevisto y balbuceando repliqué:

Buenas tardes. —y tras una breve pausa agregué:

Disculpe creo que me equivoqué de número… tal vez lo anoté mal. —Para aumentar mi sorpresa ella no colgó sino que deslizó otra pregunta, con la misma amabilidad:

¿Con quién querías hablar? —le respondí que no tenía importancia y reiteré mi disculpa.

Yo ya había dado por terminada la comunicación cuando la amable dama preguntó como si existiera confianza entre nosotros:

¿Puedo saber tu nombre? —Ahora su voz me pareció familiar pero mi mente aún seguía perturbada por el incidente, solo quería huir de aquella situación. Ella, sin esperar respuesta, continuó con otra pregunta:

— ¿Eres tú, Raúl? —Esta vez quedé perplejo. Sentí como mi corazón se iba acelerando progresivamente y un frío recorrió todo mi cuerpo… Le respondí afirmativamente, como un autómata. Entonces ella se mostró emocionada y comenzó a hacer las preguntas de rigor, sin detenerse… De pronto comprendí la razón y significado de aquel trozo de papel. Acababa yo de llamar a una vieja amiga. Debían haber pasado al menos dos años de nuestra última conversación. Recordé, sin ninguna duda, que aquella anotación me la había entregado ella antes de que yo fuera por primera vez a su casa, de nombre Colina. Allí pasamos tardes entregados a la diversión y el buen sexo… De alguna manera ese papel había ido a parar a las manos de mi esposa… No quiero imaginar lo que pudo haber encontrado en mi celular…