Deseos

Hay un camino por delante aún sin recorrer, ya tú sabes eso…

Esa transparencia, ese semidesnudo de sutil provocación han detenido mi reloj. Después de todo, ya dejamos atrás los juegos simples y vigorosos de juventud, ahora se trata de amarnos con imaginación usando todos los sentidos: tocarnos, mirarnos, olernos y probar los sabores del otro.

Aquí me quedo con estos deseos que se escapan sin poderlos contener. Estos deseos que crecen al azar como flores silvestres en el campo de donde mismo parte un arcoíris hacia ti llevando los colores de todos mis anhelos… Anhelo escuchar tu voz serena. Anhelo aprender a adivinar cada uno de tus gestos, ver de cerca tus miradas zigzagueantes y nerviosas; y más allá, saber a qué hueles cada tarde cuando ya estás de regreso.

Aquí siguen intactos los deseos de tocar toda tu belleza con dedos de plumas movidos por la dulce melodía de una serenata; de explorarte a ciegas sin dejar ningún vacío; de juntarnos por completo en una madrugada; de hundirme en ti hasta los confines mientras tú me abrazas y yo te beso.

Noche de silencio

Ha llegado la oscuridad de siempre;
se llenan de nuevo los callejones con un tenue sereno.
Cala el frío en el boulevard
y la brisa desnuda
vuela como bruja a su encuentro…

Aquí, las copas resienten tu partida;
solo las huellas de tus labios carmesí
han quedado en el vaso
y el rocío por el agua fría
sirve de cortina a tu último beso.

Después de todo,
esta noche
será solo un recuerdo;
apenas un recuerdo lejano,
un suvenir del pasado.

Ahora el silencio invade todo,
el adiós está hecho.

Te espero…

Te espero aquí,
sentado en este largo muelle
mientras la tarde rojiza
y la brisa tibia que aún queda
traen tu recuerdo.

Te espero como lo hago cada tarde,
aunque tal vez no vengas,
te espero igual,
como si lo hubiera prometido.

Igual sigues aquí,
de alguna manera,
en mi piel pintada con tus roces repetidos;
en mis labios que nunca se secan;
en mis sueños que no han desfallecido.

Te espero aquí,
en tu mar,
en estas mismas aguas que nadamos juntos
y en las que ahogábamos tantos secretos.

Será duro volver a casa
sin tus manos colgando de mi brazo,
sin tus preguntas simples de siempre,
sin tus silencios esperando por un guiño mío.

Tal vez no vengas
pero te espero…
siempre te espero.

Sueños redentores

Las noches se hacen largas si trato de olvidarte, por eso tus recuerdos siguen aquí, en mis sueños aliviadores, por eso te imagino sin el menor sentido, te imagino en cada lugar de tu casa, en cada mueble que llena tus habitaciones; te he imagino sentada allí o en tu cama, acostada dormitando o despertando en una mañana de verano entre ropa ligera.

Tu ausencia es tan extraña a la mía, tu soledad tan distinta a la mía, la tuya no ha de ser lastimosa ni carente del otro, más bien debe ser la otra soledad, esa que te hace libre, libre de todo, dueña de todo. Esa soledad que te hace andar a tus anchas sin pudores, sin nadie de por medio que te pueda mirar o quiera hacerlo, como lo deseo yo.

Por eso te sueño, para imaginarte libre; por eso estos sueños, sueños redentores.

En el mejor lugar tuyo…

Me enrumbo como fina saeta con un sabido destino.
Recorro los caminos difíciles que me llevan a tu corazón,
y en pleno vuelo, me pregunto:

¿Habrá algún espacio cálido y tranquilo para mí,
un lugar donde pueda hacer cama,
permanecer allí el tiempo de mi suerte
para juntos construir nuevos secretos?

¿Podría yo caminar descalzo y andar desnudo,
deslizarme mientras pueda y,
entre la húmeda corriente de tu sangre pasajera,
refugiarme a ratos en tus escondites preferidos?

¿Y si me acostumbro
a ese ritmo extraño pleno de esperanzas,
a tus espacios vacíos llenos de vida,
a la magia roja encerrada entre paredes olorosas,
a los torrentes transparentes,
a los amaneceres sin soledad ni tristezas,
a las madrugadas hartas de caricias,
a las noches acabadas en mutuo desvaríos,
a tus cavidades amables,
a tus deseos silentes?

¿Y si, después de todo, quedo aferrado al miedo de un final sin aliento?

El trozo de papel

Terminaba yo de leer el ensayo de Vargas Llosa sobre la novela Madame Bovary, titulado: La orgía perpetua. Esa lectura despertó mi interés por la famosa novela de Flaubert. Recordé que mi esposa es fanática de la literatura europea, muy especialmente de la francesa y la inglesa. A dicho escritor ella lo había mencionado muchas veces por lo que yo no dudaba que la tal obra estuviera en su colección.

Ya era más de medianoche, tenía algo de sueño; no obstante, fui en busca del libro, confiaba en que lo hallaría sin problema. Efectivamente allí estaba. Sacudí el polvo pero al hacerlo abrí sin intención el libro, entonces cayó un pequeño trozo de papel doblado. Recogí el papel, lo leí y luego lo introduje nuevamente entre las páginas. Contenía un número de teléfono, la hora 2 pm y la palabra: Colina…. En ese momento no le presté mayor importancia.

Regresé a mi poltrona favorita y comencé a leer. Una pasada rasante por el prólogo y las notas de la traducción de la novela. El sueño ya me dominaba pero una curiosidad, o corazonada, me llevó otra vez al pequeño papel. En esta ocasión traté de darle un sentido a todo lo escrito. Lucía como una nota para una cita. Un número de teléfono, una hora, y lo que parecía el apellido de alguien. La primera deducción, malsana, que pasó por mi mente es que podía tratarse de una nota que alguien le dio a mi esposa, para encontrarse, tal vez de un amigo, o tal vez de un amante. Pero, me pregunté: « ¿Sería Ányela capaz de tal cosa?»

Durante los siguientes días me rondó obsesivamente la idea de que Ányela había tenido, y quizás mantenía, un amante. Eso podría explicar el origen de nuestra crisis que desde hacía algún tiempo se había enquistado en nuestra relación… Entonces, decidí investigar e ir más lejos.

Esperé pacientemente a que ella entrara al baño a tomar una ducha para yo atreverme a algo que nunca antes necesité hacer: revisar el teléfono de mi esposa. Aguardé hasta comprobar que se oyera el agua de la ducha, tomé el teléfono que encontré en la mesa de noche del lado de ella. Una suerte de  fobia y vergüenza me recorría el cuerpo; sin embargo, la posibilidad de que me descubriera era opacada por el miedo de encontrar algo revelador. Esa mezcla de miedo y escrúpulos entorpecían la afanosa búsqueda de posibles pistas… Después de todo, no encontré nada que pudiera delatarla, el número en cuestión no estaba en su agenda, ningún mensaje que la comprometiera. Sentí alivio pero no fue suficiente para descartar mis sospechas o disipar las dudas de que algo extraño escondía ese papel.

Pasaban los días mientras yo seguía con cuidado todo el comportamiento de mi esposa. Traté de mantenerme sereno y evité a toda costa cualquier enfrentamiento, sobre todo alejé la idea de pedirle explicaciones sobre el sospechoso papel, quería estar preparado para el momento que considerara oportuno confrontarla.

Transcurridas dos semanas, sin nada que pudiera arrojar luces o calmar mis mortificantes dudas, decidí pasar por un centro público de telefonía para hacer una llamada, anónima, a la persona de aquel número; todavía no sabía que podía lograr con escuchar la voz del hombre que se acostaba con mi esposa. Preparé cuidadosamente un guión y varias posibles respuestas. Llegado el momento de hacer la llamada, respiré profundamente y marqué el bendito número… Después de unos momentos comenzó a repicar… Para mí desconcierto salió la voz de una mujer. Esto no estaba en mis cálculos ni lo consideré en el plan bien memorizado. La mujer dijo «Aló», amablemente, pero al no obtener una respuesta inmediata insistió con otro aló, esta vez más enérgico. Traté de recuperarme del imprevisto y balbuceando repliqué:

Buenas tardes. —y tras una breve pausa agregué:

Disculpe creo que me equivoqué de número… tal vez lo anoté mal. —Para aumentar mi sorpresa ella no colgó sino que deslizó otra pregunta, con la misma amabilidad:

¿Con quién querías hablar? —le respondí que no tenía importancia y reiteré mi disculpa.

Yo ya había dado por terminada la comunicación cuando la amable dama preguntó como si existiera confianza entre nosotros:

¿Puedo saber tu nombre? —Ahora su voz me pareció familiar pero mi mente aún seguía perturbada por el incidente, solo quería huir de aquella situación. Ella, sin esperar respuesta, continuó con otra pregunta:

— ¿Eres tú, Raúl? —Esta vez quedé perplejo. Sentí como mi corazón se iba acelerando progresivamente y un frío recorrió todo mi cuerpo… Le respondí afirmativamente, como un autómata. Entonces ella se mostró emocionada y comenzó a hacer las preguntas de rigor, sin detenerse… De pronto comprendí la razón y significado de aquel trozo de papel. Acababa yo de llamar a una vieja amiga. Debían haber pasado al menos dos años de nuestra última conversación. Recordé, sin ninguna duda, que aquella anotación me la había entregado ella antes de que yo fuera por primera vez a su casa, de nombre Colina. Allí pasamos tardes entregados a la diversión y el buen sexo… De alguna manera ese papel había ido a parar a las manos de mi esposa… No quiero imaginar lo que pudo haber encontrado en mi celular…

Sonrisa de salamandra

Apenas dos toques suaves y secos a la puerta y entró, luego cerró tras de sí con el cuidado de un viejo relojero para no hacer el más mínimo ruido. Estaba envuelta en un vestido azul intenso de motivos amarillos, se quedó parada allí un momento, inmóvil, sin distraer su mirada hacia mí mientras su fácil sonrisa mejoraba la pobre iluminación del pequeño salón.

Aquella sonrisa de salamandra era capaz de quebrar las más sólidas de las fidelidades… Entonces, sin mediar culpas, entendí:
Esta tarde arderán
viejos deseos, no será para inmaculadas lealtades; más bien, para negar traiciones luego. Es una tarde de perfidias inevitables… tú y yo en esta habitación, solos…

Yo prefiero tus poros

Yo prefiero tus poros.
Aunque a veces se cierren
cuando digo frases destempladas.
Los prefiero,
a pesar del recelo con que guardan
tus primeras ilusiones

Son la excusa y culpables
de que pierda mis modales.
Son un lecho de pasiones
que abrigan como madre
cada beso que te dejo,
tan amables
que se abren como flor
al calor del mes de marzo.

Sí, yo prefiero tus poros.
Cuando tu cuerpo se agita,

Cuando exudan cansancio y placer.
Cuando responden a caricias.
Cuando huelen a mujer…

No me escribas hoy

Hoy, no me escribas…
podría como siempre sucumbir
al encanto inocente de tus frases,
de esas letras que me atrapan
sin ninguna explicación…
es como andar
en medio de un campo dorado de centeno;
cada espiga un hechizo,
cada grano una poción,
y en mi mente,
el embrujo de tus labios
abiertos como flor.

Es que no puedo
sino imaginar
la fragancia de tus pétalos húmedos,
inflados de promesas,
tentando sueños de pasión…

Será mejor un silencio atroz,
un silencio de lejos,
frío, como mal invierno,
negro, duro, sin calor;
aunque pierda la razón,
aunque desespere a solas,
pero… no me escribas hoy.

Tierra mojada

Provoca quedarse dando vueltas
alrededor de tu cuerpo inerme
y desnudo,
ahora que te he vendado los ojos…

Volar lejos, alto,
para caer luego junto a ti suavemente,
cerca de los callejones oscuros
que llevan a tus rincones conocidos,
sin que uno se hagas preguntas precisas de dónde estás,
hasta que descubres
que te has perdido,
entonces, duermes
y vas más rápido.

Mientras, más allá,
la lluvia también corre en raudales
llenos de perlas nacaradas,
abriendo caminos,
despertando sueños
con olor
a tierra mojada…