Tierra mojada

Provoca quedarse dando vueltas alrededor de tu cuerpo inerte y desnudo ahora que he vendado tus ojos… Volar lejos, alto, para después caer junto a ti suavemente, cerca de los callejones oscuros que llevan a todos los rincones conocidos sin que uno se hagas preguntas precisas de dónde estás hasta que descubres que te has perdido, entonces duermes y vas más rápido; mientras, más allá, la lluvia también corre como raudales llenos de perlas nacaradas abriendo caminos que despiertan sueños con olor a tierra mojada…

Entreverado

Juntemos nuestra imaginación y volemos tan lejos como sea posible…

Andaré por caminos sorteando cauteloso las breñas del edén un poco antes de llegar de improviso a tu habitación; ser allí tu huésped, recostarme a tu lado, ocupar por un instante el vacío de tu cama y acompañar la soledad inerte de tu ser…

Te he encontrado acostada, boca abajo, presta para el juego sutil de mis acariciadas… mis manos lo saben y pronto una se apresura sobre tu espalda descubierta; voy sin prisa y en cada avance encuentro, por azar, promesas repartidas por doquier;  tan suave son estas sensaciones que animan a besarla; voy por ella desbocado, y mientras llego, mi mano que espera alcanza el entreverado de tus piernas…

Tus glúteos, son tan deliciosos tus glúteos que ya provoca ir más allá con el deseo propio de un toro listo a embestir; pero hurgo entre tu ropa delicada para descubrir las formas redondas que encierran las fuerzas ocultas de tus caderas; me atrevo a más, más aún al descubrir la comisura que las ha separado desde siempre; mis dedos la siguen como simulando un vuelo a ras del suelo, desciendo lentamente con el mayor afán de quien quiere al fin perderse…

Y así y desde ya, puedes suponer la metamorfosis de mis ganas cuando mis besos desnudos empiecen a bañarse en el aguardiente tibio de tu vientre, y con apenas luz de atardecer.

Derechos reservados
Autor: Lugh Landrus
Venezuela
Mayo: 2020

Septiembre

Allá, al pie del horizonte, muy lejos entre el intersticio infinito y la nada íngrima, allí quedaron guardados para siempre los crepúsculos que fueran testigos junto a la tibia arena, de la audacia desbocada en aquellas tardes de septiembre…

Lejos quedó aquel primer día cuando aún inocente te abandonaste tímida y pasiva a las caricias primigenias e imprevistas que poco a poco te hicieron mujer. Tus ojos tornasoles se negaban a mirarme pero en tu vientre sin embargo crepitaba sin reparos los deseos escondidos. Todo aquello ha quedado guardado como en un eterno siempre en mi memoria.

Tramábamos desde entonces, cuando podíamos, un escape de  fin de  tarde… Siguiendo caminos distintos nos encontrábamos y al divisarnos nuestras sonrisas se juntaban antes que nada, luego los ojos llenos de emociones y finalmente los labios que se entregaban como si fuera la última despedida.

Tus deseos rezumaban en mi oído y tus manos primorosas buscaban llenarse de mis ganas mientras tus dedos avanzaban con irreverente albedrío; pronto aprendieron a invadir mi cuerpo  con el ímpetu propio de feroces guerreros…

Terminábamos con la prisa de un beso sin tiempo para más, venía de  ti asomado siempre entre tus cabellos rabiosos quemados por el sol.

Me pregunto: ¿Dónde fueron a dar aquellos besos que juntos libábamos en las breves tardes de septiembre? ¿Dónde terminaron aquellos abrazos largos que amarramos a ilusiones y abandonamos a su suerte?

¿Y dónde quedó aquella única primavera de septiembre?

En tus aguas…

Déjame entrar en tus aguas marinas para navegar sin censuras.
En tus aguas llenas de imaginación, de sensaciones y emociones húmedas.

Deja a mis caricias abordar tus labios en forma casi clandestina,  que mis dedos pintados de rojo carmesí se atrevan como niños a jugar entre corales blancos de marfil.

Deja tu boca entreabierta para poner mi lengua la melodía del frenesí.
Deja en esta noche oscura tus manos sean las mías, que tus dedos sean delfines saltando con premura sobre tu silueta sin fin…

Déjame penetrar todos tus instintos, mar abajo, entre la blanca miel donde ruedan  todos los miedos viriles, allí donde estos deseos míos querrán ahogarse en un instante después de andar a la deriva… más allá de la penumbra de tu dulce vientre, lejos, tan lejos  como para llegar al mismo fondo donde los latidos de tu corazón gritan, en el mismo lugar donde guardas las ganas llameantes de esa mujer madura… 

A tientas

A veces quiero entrar en tus espacios en medio de esa oscuridad que ampara nuestros secretos, buscarte a tientas hasta encontrarte allí parada, semi-desnuda, sonriendo en una forma que puedo adivinar, ya puedo sentirla en la distancia como va guiando mi suerte hasta tu cuerpo; tú, en tu cuerpo amable y sereno; tú, prestada a mi en el tiempo, tú y tu cuerpo abierto de brazos y de ganas escapadas de tu adentro.

Laberinto

Deja que esta noche nuestras soledades se acompañen, que nuestros deseos coincidan en un mismo laberinto, aquel que imaginamos muchas veces en secreto y donde yace escondido el umbral de lo real y lo divino; sería oportuno prestar nuestras horas para recorrer todos tus caminos con estas manos inquietas, y tú los míos, con tus labios caprichosos siguiendo las rutas sedosas entre vellos enhiestos y poros hundidos; hurgar las ganas inconfesas, y, en igual instante, llegar a un mismo destino…

Camila

Camila y yo estudiábamos juntos en la universidad, coincidimos varios semestres y muchas veces en nuestras horas libres pasábamos ratos juntos. En esas conversaciones nos divertíamos mucho, hablando de simples tonterías con gusto y sin insinuaciones, aun así no faltaban los roces disimulados, recurrentes, y alguna que otra mirada curiosa, como por no dejar; nunca hablábamos abiertamente de sexo ni siquiera nos adentrábamos en temas íntimos; no hablábamos de nosotros ni de nadie; además, ella tenía su novio al que traía siempre a colación cuando estábamos en grupo. Él se había ido por un año a EEUU para tomar un curso de especialización sobre medicina. No hacía mucho se había graduado de médico, con honores, lo que ella repetía una y otra vez mientras se pavoneaba como un triunfo propio.

Poco a poco se fue consolidando nuestra amistad al punto que llegamos a compartir el desarrollo de proyectos para una materia del curso. Los proyectos tenían mucho trabajo y había que reunirse con frecuencia dedicando cada vez varias horas. Desde el principio resolvimos que fuera yo hasta su casa. El espacio y la tranquilidad de su gran casa hacían obvio que trabajaríamos más cómodos. Así lo hicimos. En su habitación pasábamos horas adelantando las tareas. Por supuesto no faltaban las interrupciones y las conversaciones fuera de tema, además de los repetidos juegos de manos que a ella tanto le gustaba practicar. Esos juegos se hacían cada vez más frecuentes subiendo de intensidad. Me pellizcaba o golpeaba como respuesta a cualquier burla o chanza mía; nos empujábamos con los cuerpos sin hacernos daño, nos tomábamos fuertemente de los brazos y de las manos hasta que yo la dominaba y le pedía que se detuviera. La verdad nunca he sido muy dado a ese tipo de trato pero sin darme cuenta fui quedando atrapado en ese juego de fuerza.

Ella vivía sola con su madre, habían pasado ya varios años cuando su padre se fue a vivir con otra mujer. Su madre era muy atractiva, su elegante manera de arreglarse no pasaba desapercibida, atender a su belleza parecía ser su mayor interés. A su padre nunca lo conocí pero Camila hablaba siempre de él, decía que era un empresario solvente y con varios negocios en EEUU…

Solíamos reunirnos los fines de semana y a veces una que otra tarde. Un día, sentados en su cama, después de unas horas de trabajo, nos evadimos y comenzamos a conversar libremente sobre temas banales. Yo tenía desde siempre curiosidad por saber acerca de su experiencia sexual. Traté al principio de abordar el tema con sigilo pero ella me evitaba respondiendo invariablemente con un pellizco en alguno de mis costados, a veces en el brazo o en la pierna más cercana, casi temía comenzara nuevamente la lucha y el juego de manos. Pronto llegué a ser más directo y le pregunté sin ambages si era virgen, más que por la duda lo hice por ver y disfrutar su reacción; pero para todas mis preguntas: ella respondía con pellizcos o puñetazos cada vez con más fuerza mientras mordía sus labios, así se escapaba del acoso de mi cuestionario.

Yo seguía insistiendo y ella aumentando sus maniobras, ya lo hacía con tal violencia que al final tuve que tomarla por los brazos y ponerla contra la cama hasta controlarla. Al sentirse atrapada arrojó en mi cara un trozo rojo de caramelo que hacía rato chupaba, comenzó entonces su intento sin éxito por morderme en los brazos. Forcejeo sin cesar pero no pudo zafarse, sus ojos brillaban más que nunca y su risa forzosa llenó de color todo su rostro. Parecía divertirse más que yo. Así terminé casi montado sobre ella en una lucha cuerpo a cuerpo de una guerra continua no declarada.

En un momento mi mano fue a dar a la cima de uno de sus senos tropezando sin intensión con el pezón visiblemente endurecido. Se notaba claramente dibujado por la suave tela de su blusa de algodón… Nos detuvimos en el acto, nos miramos con sorpresa en medio de un silencio abrupto que había enmudecido el sonido de su risa para dar paso al ruidoso resuello mutuo y sincronizado que emergía de aquel combate y que no habíamos sido conscientes hasta ahora. Parecía como si el tiempo se hubiera detenido un instante para al fin contemplarnos por primera vez; fue como si nos percatáramos de la naturaleza urgente de nuestros cuerpos. Entonces fui liberándola poco a poco con la cautela que tendría un cazador al liberar una bestia atrapada… A riesgo, comencé a circundar con mis dedos aquel trocito de carne oculto debajo de su blusa. Ella permanecía inmóvil con la mirada congelada sin hacer ningún movimiento opuesto a mi atrevimiento, mientras, una sensación de vértigo provocado por el agite anterior pasaba a una suerte de miedo que me hacía dudar y temer su inminente reacción; sin embargo, mirando sus labios acerque los míos hasta juntarlos con los de ella. Sentí como su boca se abría amablemente, vencida; aprovechando la tregua, lentamente hundí mi lengua en la humedad y tibieza de su aliento empapado aun con el sabor a caramelo de fresa…

Lugh Landrus – 2017

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